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close this bookSerie Manuales y Guías sobre Desastres, No. 5 - Manejo de Cadáveres en Situaciones de Desastre (OPS; 2004; 207 paginas) [EN] View the PDF document
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Cultura, religión e historia como modeladores del rito funerario

El otro factor decisivo respecto a los ritos y las conmemoraciones es que reflejan, en un momento dado, a la sociedad que les es contemporánea y las costumbres tradicionales en las cuales se originaron. Tal como la lentitud de los cambios en los ritos y sus modificaciones que, como acabamos de ver, no alcanzan a ser percibidas en el curso de una, ni aún de varias generaciones, el componente tradicional del rito aporta significación a la muerte dentro de una cultura, y ayuda así a curar y lograr la fuerza para continuar la vida en un mundo complejo y cambiante. Inversamente, la ruptura en la observancia del rito revela grandes cambios históricos en curso. Veamos someramente algunos ejemplos en que se manifiesta la diferencia cultural e histórica en este tema.

Según las costumbres de los indígenas Wari del Brasil que practican el endocanibalismo, los familiares cercanos se comen el cuerpo o, si está putrefacto, lo queman para evitarle que vaya a una tumba fría, que ellos ven con tanto horror como se percibe el canibalismo por quienes no lo practican. A pesar de lo extraña y ajena que pueda parecer esta práctica a nuestra cultura, llama la atención que tanto ésta como las demás prescriban un tratamiento especial para un cuerpo que ni aprecia ni se beneficia de los esfuerzos de sus semejantes.

Contrastemos esto históricamente con lo acaecido en la región andina en el período de la Conquista. Este fue un tiempo de catastrófica desarticulación para los pueblos indígenas, los que pasaron a conformar el grupo de los "vencidos". Siguió luego un período de aculturación, de colaboración con el español y de asimilación al sistema dominante, y se destruyeron así la sociedad y la cultura propias7: los indios se vieron obligados a asimilar una expresión religiosa, el cristianismo, la religión de aquéllos que los dominaban, que intentaba dar cuenta de su nueva situación, generada por la experiencia traumática del sometimiento.

7 Riveros E., María Elena. Religión e identidad en el pueblo Mapuche; trabajo presentado al Seminario "Problemas de la cultura latinoamericana", Prof. Grinor Rojo. http://www.uchile.cl/facultades/filosofia/publicaciones/cyber/Cyber5/textos/riveros.html.


El papel de soporte y punto de referencia de los rituales en las culturas indígenas que ocuparon Latinoamérica antes de la conquista española ameritó que el esfuerzo colonizador considerara pieza esencial para su avance la destrucción de tales rituales: "todo lo ceremoniático y sospechoso quemamos"8 según refirieron los franciscanos que colonizaron Centroamérica desde 1523.

8 Bautista Pomar, Juan. Relación de Texcoco, México, Díaz de León, 1981; citado por Gruzinski, Serge. La red desgarrada en la colonización de lo imaginario, Fondo de Cultura Económica de México, 1995, segunda reimpresión, pág. 23.


Hoy en día, las costumbres ancestrales son observadas sólo en las pocas tribus que aún subsisten como comunidades y que continúan guardando sus tradiciones, aunque muchas de ellas no han logrado abstraerse de la influencia externa. Respetar las tradiciones locales, hondamente arraigadas, cobra aún mayor importancia en estas comunidades amenazadas con desaparecer.

Debido a la trascendencia histórica de estas culturas, presentamos un breve recuento de algunas de ellas, extensamente documentadas en los numerosos escritos de antropología física e historia que relatan los ritos y las costumbres funerarias en que la muerte, el alma y su tránsito al más allá tenían representación en los ritos de paso.

Los incas, nombre que llevaban los soberanos del antiguo imperio del Perú y que por extensión se aplica a los pueblos que formaron dicho imperio y a la civilización que desarrollaron, tuvieron ritos funerarios que ostentaban especial solemnidad. El cadáver había de quedar entero y el alma permanecía algún tiempo cerca de él y después se encaminaba a su destino que para el Sapa Inca era el propio sol; para los nobles, el cielo o mundo superior, donde estaban libres de todo mal y, para los demás, otro mundo tan miserable como aquél en que se vivía. Se creía también que las almas de la gente del pueblo se encarnaban en cuerpos de animales. A los Sapa Incas, se les daba sepultura sentados provisionalmente en una silla dorada en una cámara; enterraban vivas a sus mujeres en otra y, pasado algún tiempo, éstas eran embalsamadas y la momia del Inca se transportaba al Curicancha.

En la cultura azteca9 a los muertos destinados al Mictlán se les solía amortajar en cuclillas, envolviéndolos bien con mantas y papeles y liándolos fuertemente. Antes de quemar el bulto mortuorio, se ponía en la boca del difunto una piedrecilla (de jade, si se trataba de un noble). Esa pequeña piedra simbolizaba su corazón y le era puesta en la boca para que pudiera dejarla como prenda en la séptima región del inframundo, donde se pensaba que había fieras que devoraban los corazones humanos. Así mismo, ponían entre las mortajas un jarro con agua, que había de servirle para el camino. Sus prendas y atavíos eran quemados para que con ese fuego venciera el frío a que tenía que enfrentarse en una de las regiones del más allá donde el viento era tan violento que cortaba como una navaja.

El grueso amortajamiento le habría de servir para superar otra de las pruebas: el paso entre dos montañas que se juntaban impidiendo el tránsito. También se le entregaban al difunto algunos objetos de valor para que los obsequiara a Mictlantecuhtli o a Mictecacíhuatl, señor y señora de los muertos, al llegar a la última etapa de su accidentado viaje. En medio de fórmulas mágicas y recomendaciones al difunto para que acertara en sus pasos por el más allá, correspondía a los ancianos dirigir las ceremonias fúnebres, desde el amortajamiento ritual hasta la incineración del cadáver y el entierro de las cenizas.

Después de la incineración, que se cumplía entonando cánticos, los ancianos rociaban con agua los residuos humanos; los colocaban en una urna y los enterraban en alguno de los cuartos de la casa, sin omitir la piedrecilla que le habían puesto en la boca al difunto, ofrendas varias y el infaltable perrito que habría de ayudar a su amo en su viaje por ultratumba.

Los informantes de Sahagún refirieron que era costumbre poner todos los días ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos de los muertos. Las cenizas y los huesos de los nobles no eran enterrados en un aposento cualquiera, sino en un lugar sagrado, generalmente en las proximidades de un templo. El aparato ritual en esos casos era mucho más complicado e implicaba la muerte de numerosos esclavos.

En las honras fúnebres y los entierros de las mujeres muertas en parto había aspectos muy peculiares: después de múltiples abluciones, al cadáver de la mocihuaquetzqui (mujer valiente) se le vestía con sus mejores galas y, llegada la hora del entierro que se hacía a la puesta del sol, el marido la llevaba a cuestas hasta el patio del templo dedicado a las cihuateteo, donde habría de ser sepultada.

Formaban el cortejo fúnebre los parientes y amigos de la muerta, armados todos "con rodelas y espadas y dando voces como cuando vocean los soldados al tiempo de acometer a los enemigos". Tales actitudes, además de rituales, tenían una función práctica, pues debían defenderse de los guerreros jóvenes que irrumpían contra el cortejo fúnebre con el propósito de apoderarse del cadáver y cortarle el dedo central de la mano izquierda y los cabellos, prendas a las que atribuían poder mágico para adquirir valor en la lucha e infundirles miedo a los enemigos. También los salteadores - por motivos parecidos - procuraban hacerse del cadáver para cortarle el brazo izquierdo. Por eso el marido y otros deudos de la difunta, durante cuatro noches, seguían velando en el lugar donde se había hecho el entierro.

 

9 Disponible en www.todohistoria.com/informes/aztecascultomuerte.htm


En contraste con los aztecas o los incas, que dominaron vastas regiones, varias culturas colombianas independientes ocuparon zonas relativamente pequeñas diseminadas por la región andina y a lo largo de las costas del Pacífico y del Atlántico. Alcanzaron diversos niveles de desarrollo y aunque tenían muchos aspectos en común, eran muy diferentes en otros aspectos. Entre las más destacadas estuvieron las de Tayrona, Sinú, Muisca, Quimbaya, Toliroa, Calima, Tierradentro, San Agustín, Nariño y Tumaco.

Tierradentro y San Agustín florecieron mucho antes de la conquista española, mientras que otras culturas se encontraban supuestamente en la cúspide de su desarrollo cultural y social cuando llegaron los españoles. San Agustín es uno de los centros ceremoniales más extraordinarios de Suramérica, notable por los cientos de estatuas monolíticas y tumbas diseminadas en una zona muy amplia.

Allí, el entierro primario comprendía la construcción de una sepultura, pequeños fosos cilíndricos donde apenas cabía el cuerpo flexionado, dentro de la cual se colocaban algunos objetos de su pertenencia y alimentos para el paso a la nueva existencia. Una segunda parte del ritual se cumplía cuando los huesos, ya desencarnados, eran trasladados a nuevas sepulturas de mayores dimensiones llamados hipogeos, que servían para el entierro colectivo de un grupo humano, diferenciado socialmente. Allí se construyeron cámaras mortuorias subterráneas en serie, laboriosamente excavadas en la roca blanda, con paredes y techos decorados con pinturas, donde mantenían los restos de los miembros destacados de la tribu.

Actualmente, en Colombia, la mayoría de los grupos indígenas no son homogéneos, en su interior se dan las mismas contradicciones y particularidades que en cualquier otra comunidad humana: diferencias económicas, ideológicas, políticas, religiosas, etc. Entre los mismos indígenas encontramos católicos y protestantes, además de grupos que no siguen a ninguna de las iglesias mencionadas. Un porcentaje importante de indígenas se encuentra en proceso de "campesinización" lo que se refleja en la falta de homogeneidad de sus rituales.

Un desastre masivo puede afectar concretamente y de manera prioritaria a un grupo indígena, caso en el cual es prioritario considerar cuál es el ritual más viable acorde con las creencias vivas en el seno de una comunidad que reviste características etnológicas y culturales específicas.

El 6 de junio de 1994 se registró un sismo que causó el desbordamiento del río Páez, en el departamento del Cauca10. En los municipios considerados como zona de desastre se encuentran concentrados indígenas paeces y guambianos. Las pérdidas humanas, entre muertos y desaparecidos, se aproximaron a las 1.100 personas. El terremoto produjo dispersión de las familias, pérdida de parientes y amigos, fragmentación de las comunidades, pérdida de tierras, casas, cosechas, animales y otras propiedades. La totalidad de los integrantes del cabildo del resguardo Wila desapareció en la avalancha, lo cual obligó a la comunidad a identificar nuevos líderes en medio de la emergencia. Durante los días siguientes al terremoto, constituyó prioridad tanto para la organización indígena como para el Estado la reunificación de las familias dispersas en toda la zona de influencia del desastre. No encontramos en las diversas fuentes consultadas datos específicos de los rituales llevados a cabo en esta triste ocasión.

 

10 Wilches-Chaux, Gustavo. Particularidades de un desastre - características del terremoto y la avalancha del 6 de junio de 1994 y de sus efectos sobre las comunidades afectadas. Corporación NASA KIWE, 27 de junio de 1995. http://www.nasakiwe.gov.co/quepaso.php.


En la teología católica se encuentran constantes alusiones a la muerte corporal, a su significación escatológica, a la observancia del ritual y al cuidado de la tumba. Sentencias como éstas constituyen marco de referencia que se interpreta y asume de manera diferente según la adscripción a un culto particular.

En el Eclesiastés (38 v. 16) se expone: "Hijo mío, derrama lágrimas por el que murió y como quien sufre profundamente comienza la lamentación, después entierra el cadáver, de acuerdo con su condición y no descuides su tumba." Más adelante agrega: "llora amargamente, expresa tu dolor, observa el luto según la dignidad del muerto, después consuélate de tu pena."

De otra parte, el libro de Job (Cáp. 19 v. 25) hace alusión a la creencia según la cual, el día del juicio final, las almas recuperarán los cuerpos: "Bien sé yo que mi defensor vive y que él hablará de último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a mi Dios."

Como referencia al culto católico relatamos la usanza en Colombia, país de mayoría católica, que podría extrapolarse a otros países latinoamericanos.

Los católicos dan gran valor a "un entierro digno" que incluye ceremonia religiosa, ataúd (el mejor posible) e inhumación en cementerio. Es tal la importancia que se da a esta ceremonia que, en muchas ocasiones, como expresión de solidaridad, los vecinos y allegados aportan dinero con el fin de sufragar los gastos.

Se lleva a cabo la velación, práctica que consiste en acompañar al cadáver antes de su entierro, bien sea en su misma casa o en las salas de los establecimientos funerarios, cuya misión es hacer soportable el duro trance y en donde el cuerpo es expuesto en el ataúd para que las personas puedan verlo por última vez. Se prepara o embalsama el cuerpo para retardar la aparición de los cambios propios de la putrefacción y dar al fallecido el mejor aspecto, "que parezca como vivo", mientras trascurren las honras fúnebres. En estas ceremonias se invoca la eternidad en oraciones alusivas al "descanso eterno" o a través del "brille para ella (el alma) la luz perpetua", que manifiesta el deseo de los acompañantes para el alma del difunto. Con excepción de algunos grupos o tendencias, se acostumbra enviar coronas o ramos de flores con una cinta ancha de color morado o blanco en la que se inscribe el nombre del oferente.

Se viste de luto: los familiares y allegados del fallecido acuden, tanto a la velación como al entierro o sepelio (del latín sepelire, sepultar), vestidos de color oscuro, para mostrar solidaridad por la pérdida del ser querido. Los familiares cercanos, especialmente las viudas, padres e hijos, "guardan luto": completo si visten, por períodos de variable duración, todas las prendas de color negro o medio luto con prendas negras, grises y blancas.

En el funeral propiamente dicho, el cuerpo se retira de la sala de velación y es conducido a la iglesia para la ceremonia religiosa o exequias (del latín exsequiae, honras fúnebres). Concluida la misa, la caravana de deudos, amigos y relacionados, presidida por el carro fúnebre, se desplaza lentamente hasta el cementerio para "acompañar al difunto a su última morada", se pronuncian oraciones que invocan la vida eterna y el ataúd se deposita en el lugar preparado, en bóveda o en tierra.

La cremación se usa cada vez más pero se prohíbe para fallecidos por causas no naturales, hasta tanto se garantice que se ha documentado completa y adecuadamente el examen del cuerpo y se haya preservado la evidencia física necesaria para aclarar el caso e identificar al difunto con precisión. Se tiende a reemplazar los cementerios tradicionales - considerados lúgubres - por "parques cementerio" con zonas verdes, árboles y jardines. Los restos deben ser retirados a los cinco años para ser depositados en un "osario" o cremados para luego ser depositados en un lugar diferente, incluso la misma casa.

El subsiguiente período de duelo se manifiesta en actitudes de recogimiento de los familiares más cercanos, aislamiento de actividades recreativas y sociales durante un tiempo variable. Se acostumbra rezar en grupo por nueve días (novena) en los días siguientes al fallecimiento y celebrar misa al final del primer mes y del primer año.

Existe toda una mitología alrededor de la muerte: el algor mortis - frío de la muerte - se ha entronizado en la cultura popular con la creencia que la frialdad del cadáver se transfiere a personas susceptibles como mujeres embarazadas y a su bebé. Igualmente, se presume que el color pálido o terroso del cadáver es adquirido por quienes, trabajando en funerarias o morgues, estarían "untados de muerto" y esos sitios de trabajo, al igual que los cementerios, son considerados lugares misteriosos, sombríos y sucios. Se cree que los fenómenos de descomposición generan contaminación del medio ambiente e implican riesgo para la salud, no sólo por razones de higiene sino también por temor al más allá. Estos mitos, como veremos más adelante, adquieren tal peso en la imaginación de la comunidad que permiten explicar la toma de decisiones que dan al traste con el adecuado desarrollo de los ritos funerarios.

Para el judaísmo11, el Shulján Aruj (La mesa servida) consigna el conjunto de normas y principios de acción que deben cumplir los judíos ante las diversas circunstancias de la vida. Hay dos ejes centrales en la ley judaica: el respeto y la reverencia al muerto y el tratamiento de los afligidos y deudos. Para el primero, se dice que el ser humano se forma de tres fuentes: hombre, mujer y Dios, y que en el momento de la gestación, Dios trasmite al hombre una porción de su espíritu que vuelve a Él a la hora de morir. Realizar con celeridad el sepelio favorece la atención de estos dos ejes.

11 Augman, Ricardo Alberto. Sobre duelos enlutados y duelistas. Muerte y duelo: mirada al judaísmo. Editorial Lumen, Buenos Aires, 2000, pág. 209.


El cuerpo es el envase del espíritu y el espíritu es una emanación de Dios; dentro de este concepto se explica el rigor que se da al cuidado del cuerpo (el orden y respeto en su preparación y lavado por personas especialmente designadas). El período comprendido desde el momento en que alguien fallece hasta que finaliza el sepelio se denomina período de Onenut, que podría traducirse apropiadamente como desconsuelo, palabra casi homofónica con Onanut, "estación" o "período", nombre que bordea lo inexorable. Los elementos necesarios para la práctica del rito funerario deben ser simples y austeros ya que el muerto debe ser presentado ante Dios en toda su pureza y simplicidad. Es bien conocida la negativa al envío de ofrendas florales -consideradas símbolo de alegría - y la necesidad de sepultar el cuerpo antes del día sagrado, el Shabat.

Aquí son notables las características liminares en el duelo: existen prescripciones específicas para los primeros siete días, los primeros treinta y el primer año, como manera de marcar el aislamiento y posterior reintegro del doliente a la comunidad. Abarcan desde la manera de comportarse hasta los alimentos que se pueden consumir y las normas para las actividades cotidianas y de relación.

En este contexto, la autopsia viola el principio de respeto al muerto y sólo se autoriza cuando, según el médico, puede proporcionar un nuevo concepto a la comunidad o cuando la ley lo ordena. Ante la expectativa de la resurrección, se deben inhumar reunidas todas las partes del cuerpo, por lo que en caso de autopsia, es importante que se evite el derramamiento de la sangre y la pérdida de tejidos, que deben ser inhumados en su totalidad con el muerto, después de haber realizado los exámenes necesarios.

La cremación, considerada humillante desde la tradición judía en tiempos bíblicos, si bien no está estrictamente prohibida, es desalentada. El embalsamamiento está prohibido porque viola el principio de respeto al muerto; en su lugar, se realiza el lavado ritual del cuerpo con el fin de dejarlo tan limpio y puro como llegó al mundo. Sólo se autorizan la cremación o el embalsamamiento en circunstancias especiales como el traslado del cuerpo a otro país.

En los Estados Unidos existen ritos relativamente recientes, como la cremación, y conmemoraciones como el tapiz para las víctimas de sida y el muro en memoria de los muertos de Vietnam12, la tumba del soldado desconocido, los monumentos a los caídos en guerra, entre otros. Se trata de que los ritos funerarios representen los valores, creencias o estilo de vida del difunto y ha surgido la tendencia a personalizar el funeral, bien sea colocando fotografías del difunto en la sala de velación, música de su predilección o una decoración con su vehículo o juguete favorito, objetos que también se graban en las lápidas.

12 Leimer, Christina. Funeral and memorial practices in a new era. The Tombstone Traveller's Guide. Copyright, 1996-2002


Morir se considera el más personal e irreversible acto, y se espera que los seres amados sean tratados y recordados en formas que expresen y muestren respeto por su singularidad o que revelen una especial relación con el fallecido. Como cambios relativamente recientes se aprecia la tendencia a que los asistentes al sepelio se muestren más participativos y no receptores pasivos de una ceremonia, para recalcar que ésta no podría ser llevada a cabo sin su presencia. Por eso se han modificado los ritos tradicionales para que los deudos puedan cantar una canción especial, leer un poema escrito para la ocasión, contar una historia acerca del difunto o compartir alguna experiencia especial relacionada con él.

Se ha hecho más informal la ceremonia debido a la participación espontánea de los asistentes y a los aspectos prácticos que aparecen cuando ha habido cremación y se dispersan las cenizas al viento en campo abierto. En un reflejo de la mezcla cultural, se observa la tendencia a que estas ceremonias sean seglares y no sacras.

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