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close this bookSerie Manuales y Guías sobre Desastres, No. 5 - Manejo de Cadáveres en Situaciones de Desastre (OPS; 2004; 207 paginas) [EN] View the PDF document
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Argumentos de presión para la disposición rápida de cadáveres

Quienes deben tomar las decisiones relacionadas con la necesidad de disponer de un gran número de cuerpos de personas fallecidas simultáneamente o en un lapso breve, no siempre están al tanto de este marco conceptual y, aun si lo llegaren a conocer, se encuentran súbitamente sometidos a tal grado de presión que tienden a pasar por alto las anteriores consideraciones. Se esgrimen diversas razones que van desde lo mítico hasta lo científico, pasando por las del ejercicio del poder, y todas ellas omiten la atención de los aspectos psíquicos, olvidando que estos son arcaicos y se hallan íntimamente ligados a la naturaleza humana.

Con argumentos de salud pública se da prelación a solucionar el manejo de los procesos de degradación biológica de los cuerpos que se creen contaminantes ambientales y con visión corta y de urgencia, se acude a fosas comunes para sepultar rápida e indiscriminadamente los cuerpos, sin identificarlos, o en su defecto, individualizarlos, de tal modo que sea factible, en el momento o a posteriori, establecer su identidad y aclarar las circunstancias de su muerte. Se considera al fuego como purificador (al igual que en la cultura celta) y con este criterio puede llegarse al extremo de recurrir a la cremación, muchas veces inefectiva y muy costosa - por el combustible requerido y porque se realiza a cielo abierto -, lo cual obstaculiza, además, de manera grave tanto la investigación del hecho como la posibilidad de devolver los cuerpos a sus deudos.

La noción de suciedad y enfermedades transmitidas por los cadáveres es un mito arraigado y culturalmente apoyado, al menos en parte, por el proyecto social de salud pública, fundamentado en postulados higienistas que, diluidos y fragmentados, terminaron por introducirse en la cultura y el actuar de la comunidad. Esta creencia se originó en el devenir de la industrialización y del paradigma cientificista, cristalizados durante el siglo XIX en occidente.

Así, referentes accesibles y atractivos (por lo angustioso) conocidos por el público, como la proliferación bacteriana, vienen a convertirse en temor congruente, por ejemplo, con una posible contaminación de las aguas tras las mortandades masivas. Se crea, entonces, un conglomerado de explicaciones y estrategias que fluctúan entre lo científico y las fantasías, tanto populares como personales, útiles como comodín ante aquello sobre lo que se duda y en lo que se presentan vacíos conceptuales. En el anterior contexto, el cadáver es visto como el depositario de la máxima suciedad posible y se hace énfasis en su potencial contaminante como justificación para procurar un entierro precipitado.

Cabe aquí un ejemplo, aportado por la Organización Panamericana de la Salud, el cual refiere que a pesar del conocimiento racional priman las fantasías no matizadas por éste.

"Después de un deslizamiento de tierras, los cadáveres recuperados se iban disponiendo en la calle. Llegó el presidente del país junto a su médico personal, quien al ver ese cuadro aconsejó al presidente que dispusiera de inmedia- to la fumigación del lugar para evitar que hubiera propagación de enfermedades. A pesar de que los profesionales de salud pública presentes sabían la irre-levancia de tal acto, no pudieron disponer lo contrario."

Vemos toda una carga histórica que combina las preocupaciones ecológicas con las simbólicas, en un intento por aislar a los muertos y a la muerte en un espacio limitado tanto simbólicamente como en su contacto físico con los individuos (vivos y saludables), sobre los que sus efectos son discernibles, si bien no la vía por la que se producen (el muerto hiede dejado a la intemperie y quienes conviven con sus muertos pueden enfermar y el agua tornarse mala al contacto con la mortandad).

El afán por resolver la situación también determina que se lleven a cabo autopsias médico-legales que no cumplen adecuadamente los objetivos de la investigación judicial por ser realizadas en condiciones que no garantizan el normal desarrollo de procedimientos básicos estipulados por la técnica. En otros casos, la magnitud de una tragedia o las dificultades de acceso al sitio de los hechos hacen que de manera prematura se declare camposanto el lugar de la tragedia sin intentar la recuperación de los cadáveres.

Además de las razones antes mencionadas, existen otras de índole psíquica que actúan en el plano no consciente y enfrentan al examinador a la realidad de su propia fragilidad o la de sus seres más allegados, que le hacen insoportable la visión -tan frecuentemente calificada de dantesca - de numerosos cadáveres. El ser humano, en cierta medida, estructura su imagen psíquica propia, la imagen que tiene de sí mismo, a partir del reconocimiento de su imagen en relación con la del cuerpo del otro, de su semejante. Quizá por eso no hay sociedad humana sin relación con los muertos; se los considera, se los entierra y se los guarda.

Esa imagen propia está en la base de la identificación con ellos: se deben conservar porque soy yo o porque tienen que ver conmigo. Hay una identificación especular en juego, yo tomo al otro, como en un espejo, por otro yo (imagen especular)18. Resulta obvio, entonces, que compartir un espacio con un cadáver, o peor con una cantidad de ellos, genera tal angustia que sobrepasa las aproximaciones más racionales al problema, basadas en el conocimiento científico y muchas veces plasmadas en planes realizados con antelación que son rápidamente dejados de lado: el que está ahí tendido podría ser yo, entonces, hay que inhumarlo rápidamente, retirarlo de la vista, ocultarlo.

18 Massota, Oscar. Lecturas de psicoanálisis Freud y Lacan. Capítulo 5: Identificaciones. Editorial Paidós, Colección Sicología Profunda, volumen 154, 2ª reimpresión, 1995, página 64.


La rápida aparición de los fenómenos de putrefacción confrontan aún más directamente al ser humano con su destino mortal19, por lo cual su percepción suele ser abrumadora e inmanejable con los recursos racionales y se acude, entonces, a las medidas apresuradas ya mencionadas que impiden la realización de los procedimientos investigativos y rituales apropiados, medidas que se presentan amparadas en una justificación semicientífica o política.

19 Ariès, Philippe. The hour of our death. A landmark history of western man´s changing attitudes toward death - and thus his perceptions of life itself - over the last thousand years. Alfred A. Knopf, New York, 1981.

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