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close this bookSerie Manuales y Guías sobre Desastres, No. 5 - Manejo de Cadáveres en Situaciones de Desastre (OPS; 2004; 207 paginas) [EN] View the PDF document
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El proceso de duelo alterado

En todas las sociedades existen ritos, normas y formas de expresión del duelo, que se derivan de diferentes concepciones de la vida y la muerte. En la cultura latina se desarrollan determinados rituales como el velatorio del cadáver durante 24 horas, el entierro, el acompañamiento de la familia por los amigos, la posterior realización de ceremonias religiosas y la celebración de aniversarios.

Cuando se producen muertes masivas, desapariciones, así como cadáveres no identificados, este proceso se altera y no se pueden cumplir las diferentes facetas del mismo; incluso, en muchos casos, no se dispone del cuerpo y se produce una sensación de vacío, de "duelo frustrado o no resuelto".

En condiciones de desastres catastróficos y en la guerra, el duelo supone la necesidad de enfrentar otras muchas pérdidas y tiene un sentido más amplio y comunitario; implica la ruptura de un proyecto de vida, con una dimensión no sólo familiar, sino también social, económica y política. Se puede identificar, entonces, no sólo el duelo que individualmente vivencian las personas y su entorno familiar, sino que existe un "duelo colectivo" que implica una atmósfera emocional de sufrimiento y cólera que afecta la dinámica comunitaria. Se mezclan miedos y sentimientos, se entorpecen los canales de comunicación y se modifican las conductas de grupo. En períodos posteriores, es necesario trabajar la memoria histórica de ese colectivo afectado.

Cuando la violencia está como eje central de las muertes, hay mayor dificultad para enfrentar el dolor y llevar adelante un proceso de duelo normal; se incrementa el sufrimiento y persisten los recuerdos traumáticos. Cuando han sido masacres de carácter público, al impacto del fallecimiento de los seres queridos se suma el haber sido testigo de atrocidades. Se experimenta la sensación de falta de sentido de la muerte y un profundo sentimiento de injusticia; así como emociones encontradas y reproche por "no haber hecho nada".

Las desapariciones forzosas son un método inhumano que ha sido utilizado frecuentemente por las fuerzas participantes en los conflictos armados en nuestra región. En muchos desastres naturales y accidentes provocados por el hombre, también ocurren desapariciones. Aunque la familia tenga la certeza de que la persona murió, vivir con esa pérdida es mucho más difícil. Se crea una ambigüedad de pensamientos y emociones y una preocupación adicional sobre la forma en que se produjeron los hechos y el destino del cuerpo.

Las circunstancias que hacen más difícil enfrentar un proceso de duelo son3:

• desapariciones,
• imposibilidad de reconocer los cadáveres,
• enterramientos colectivos,
• masacres, y
• los que, aunque supieron de la muerte y pudieron realizar un entierro, pero tienen muchos sentimientos de ira debido a lo brutal e injusto de la misma.

3 Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHA). Guatemala: nunca más. Informe del proyecto interdiocesano "Recuperación de la memoria histórica". Guatemala: ODHA; 1998. Rodríguez J, Ruiz P. Recuperando la esperanza. Guatemala: OPS/OMS; 2001.


El proceso de duelo alterado conduce, frecuentemente, a la aparición de trastornos siquiátricos que requieren de intervenciones más especializadas, como en los siguientes casos ocurridos en Guatemala, Colombia y Perú.

Selección de algunos testimonios recopilados en el documento Guatemala: nunca más. Informe del proyecto interdiocesano Recuperación de la memoria histórica. Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHA), Guatemala, 19984.

"Nosotros mirábamos cómo mataban a la gente, a la gente joven, mujeres jovencitas todavía. Cuánta gente se quedó triste, las mujeres por sus esposos, gente que era pobre que ya no hallaba qué hacer por sus hijos, por eso nos quedamos en tristeza" Caso 2230 (masacre) Jolomhuitz, Huehuetenango, 1981.

"Los que se murieron allí, se pudrieron allí, ninguno los recogió, ninguno los enterró, porque habían dicho que si alguno los recoge o los va a ver allí mismo se les va a matar. Quien los enterró era uno de ellos. Hasta ahora no sé como terminaron, si algún animal o perro se los comió, no sé... Siempre duele mi corazón y pienso en la violencia que vivieron" Caso 2198, San Pedro Carchá, Alta Verapaz.

"Los muertos civiles, amigos y enemigos, serán enterrados por el personal militar lo más rápido posible a fin de evitar que sean utilizados por los elementos subversivos en su labor de agitación y propaganda" Página 208, Manual de contrainsurgencia del Ejército de Guatemala.

"Un año estuvimos muy tristes. Ya no limpiamos nuestra milpa, se murió la milpa entre el monte, nos costó pasar el año, ya no estaba alegre nuestro corazón... Costó que viniera de nuevo nuestro ánimo, estaban muy tristes todas las personas, estaban muy tristes nuestros parientes. Una niña se salvó, ahora ya es mujer grande y cuando se recuerda, llora." Caso 553 (masacre), Chiquisis, Alta Verapaz, 1982.

"Fueron amontonados en el patio de la casa, a los cinco o seis días el ejército ordenó que se entierren a los muertos. Nos fuimos, los enterramos, pero no se fueron al cementerio, sólo en un lugar los enterramos, encontramos un hoyo en un barranco, los amontonamos y les echamos fuego. Por realizar esto nos enfermamos, ya no dan ganas de comer. Entre los demás yo vi uno que estaba abierto su tórax, su corazón, su pulmón, todo estaba fuera; otro tiene torcida la cabeza para atrás, su rostro está ante el sol. A los dos o tres meses fueron levantados por sus familias, se pasaron al cementerio pero ya no es bueno, ya sólo como agua y hueso, sólo fueron amontonados en las cajas, se juntaron como cinco cajas, los trasladamos al cementerio, pero nos enfermamos. Esto yo mismo lo vi en esos tiempos." Caso 1368, Tierra Caliente, Quiché, 1981.

"… en cada hoyo se le metían treinta, cuarenta personas. No se podía más pues había que cortarles las rodillas para que cupieran en el fondo del hoyo… y le echábamos gasolina, y aquella llama subía a la altura de dos, tres brazadas la gasolina de alta. Donde aquellos gemidos se oían adentro del fuego, lloraban y gritaban." Caso 1741 (victimario), Izabal, 1980-83.

4 Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHA). Guatemala: nunca más. Informe del proyecto interdiocesano "Recuperación de la memoria histórica". Guatemala: ODHA; 1998.

El desastre de Armero (Colombia), 19855

El pueblo de Armero, en los Andes colombianos, fue destruido el 13 de noviembre de 1985 por una erupción volcánica que provocó un alud de cenizas, lodo hirviente, rocas y troncos de árboles. El deslizamiento de casi dos km de ancho y una velocidad de hasta 90 km/h, mató el 80% de los 30.000 habitantes de Armero y dejó sin hogar a casi 100.000 pobladores de la región aledaña.

La imposibilidad de recuperar los cadáveres de los fallecidos, que en su inmensa mayoría fueron arrastrados a gran distancia y sepultados por toneladas de arena y escombros, impidió la realización de las ceremonias habituales de nuestra cultura e hizo que muchos meses después los familiares estuvieran ilusionados por rumores de que el fallecido había sido visto en zonas cercanas o distantes vagabundeando o como un loco perdido; cada una de estas informaciones falsas despertaba nuevas esperanzas seguidas siempre por nuevas decepciones. Hasta dos años después de la tragedia el encuentro de cadáveres cuya identificación fue posible movilizó a las familias a buscar los restos de sus deudos para efectuar los ritos religiosos y culturales acostumbrados.

En los lugares donde estuvieron las casas, y que después pudieron identificarse con mayor facilidad que en los meses inmediatos al desastre, se colocaron lápidas mortuorias con los nombres de los fallecidos ante los cuales los parientes depositan flores y rezan oraciones. Así se constituyeron en tumbas simbólicas sobre las que las familias pueden tardíamente hacer un simulacro de actividades evocativas.

 

5 Desjarlais R y col. Salud mental en el mundo. Washington, D.C.: OPS/OMS; 1997. Programa de Cooperación Internacional en Salud Mental "Simón Bolívar". Desastres, consecuencias psicosociales. La experiencia latinoamericana. Serie de Monografías Clínicas No. 2. Illinois, USA: Centro de la Familia Hispánica; 1989.


Un incendio devastador en Lima, Perú6

La noche del 29 de diciembre del 2001 a las 19:15 horas, aproximadamente, se produjo un gran incendio en la zona comercial conocida como 'Mesa Redonda' en el Centro Histórico de Lima, que causó la muerte de aproximadamente 270 personas. El incendio fue causado por un inadecuado almacenamiento y manejo de productos pirotécnicos.

Muchos de los cuerpos se encontraron carbonizados, por lo que el reconocimiento por los familiares fue muy difícil. Participaron en la labor de acompañamiento e intervención en crisis 27 psicólogos de la Sociedad Peruana de Psicología de Emergencias y Desastres, 87 psicólogos voluntarios y 60 personas voluntarias de diversas profesiones.

La primera respuesta estuvo a cargo de los bomberos quienes trabajaron por más de 14 horas para controlar el incendio; además, se enfrentaron a hechos impactantes por la cantidad de personas que clamaban auxilio. También acudieron al lugar brigadistas de la Defensa Civil de Municipalidades, pero en su mayoría eran jóvenes voluntarios sin experiencia en estos eventos. Muchos efectivos de estos equipos de respuesta fueron afectados emocionalmente por la gran cantidad de cadáveres que tuvieron que ver y manejar, entre éstos, niños aferrados a sus madres en un inútil intento de protección.

El primer día de trabajo (31 de diciembre) en la Morgue Central aún no se tenía una idea exacta de cómo realizar el reconocimiento de los cadáveres y se preveía un proceso lento porque a cada uno de los cuerpos se le debía practicar la autopsia. Esto produjo desconcierto en los familiares que esperaban ver los cuerpos y que hicieron largas horas de cola. También debido a que continuaban llegando cadáveres que se amontonaban en un patio contiguo a la sala de autopsia, la gente debía volver a hacer la cola una y otra vez. El sistema de fotos no ayudó mucho ya que los rostros estaban desfigurados.

En estas circunstancias de gran frustración comenzaron a circular rumores entre los familiares, como que se estaban extrayendo los órganos para su comercialización, que se ocultaban cadáveres para ser usados por los estudiantes de medicina, que incinerarían los cuerpos lo cual haría imposible su posterior identificación mediante el ADN. Todos estos rumores y frustraciones hicieron que muchas personas manifestaran actos de violencia verbal, reclamos y protestas que tendían a generalizarse.

Otra dificultad era que, una vez reconocido el cuerpo, tenían que esperar largas horas de trámites burocráticos para poder llevárselo.

La intervención sicosocial en la morgue se dividió en dos grandes grupos. En la parte externa, los psicólogos abordaban a las personas en grupos de 6 a 8 para brindarles información veraz y actualizada. Así mismo, se coordinó con el Arzobispado de Lima para que se hicieran presentes sacerdotes católicos en el lugar.

A la parte interna de la morgue pasaban en grupos de 20 (hasta tres familiares por desaparecido), donde recibían orientaciones y se les indicaba cuál era el estado real de los cuerpos, así como la ruta que debían seguir, para lo que se les asignaba un psicólogo o un voluntario como acompañante. En el segundo día y frente a la presión, también se permitió el ingreso al sitio donde estaban los cuerpos que eran irreconocibles; sin embargo, la gente lograba algunas identificaciones positivas. En el interior de la morgue se creó un puesto médico donde, si era necesario, los familiares eran abordados por el equipo de contención de crisis.

Se instaló una carpa de un organismo dependiente de la Presidencia del Consejo de Ministros, que tenía a su cargo ofrecer los servicios funerarios de manera gratuita.

En el caso de los cuerpos que finalmente no fueron reconocibles, se enviaron a un pabellón en el Cementerio El Ángel de Lima. Esta decisión calmó el temor de muchos familiares que pensaban que podían ser quemados o enviados a una fosa común. Esta acción permitió que muchas familias manejaran su duelo de una manera más efectiva con el consuelo de disponer de un lugar dónde poder poner un ramo de flores o elevar una plegaria.

 

6 Valero S. El afronte de la muerte. Lima; 2002 (inédito).

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