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close this bookRespuesta de la Salud Pública a las Armas Biológicas y Químicas - Guía de la WHO - Segunda Edición (OPS; 2003; 302 paginas) [EN] [RU] View the PDF document
View the documentPrefacio a la edición en español
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open this folder and view contents1. Introducción
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close this folder5. Aspectos legales
View the document5.1 Protocolo de Ginebra de 1925
open this folder and view contents5.2 Convención sobre Armas Biológicas de 1972
open this folder and view contents5.3 Convención sobre Armas Químicas de 1993
View the document5.4 Conclusiones
View the documentBibliografía
View the documentApéndice 5.1: Legislación para la implementación de la Convención sobre Armas Biológicas
View the documentApéndice 5.2: Legislación para la implementación de la Convención sobre Armas Químicas
View the documentBibliografía
open this folder and view contents6. Fuentes internacionales de asistencia
open this folder and view contentsAnexo 1: Agentes químicos
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open this folder and view contentsAnexo 5: Precauciones contra el sabotaje de agua potable, alimentos y otros productos
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View the documentAnexo 7: Afiliación de los estados miembro de la OMS a los tratados internacionales sobre armas químicas y biológicas
View the documentCubierta Posterior
 

5.1 Protocolo de Ginebra de 1925

Por lo menos desde los inicios del siglo XVII, la ley internacional ha condenado lo que hoy en día se considera como guerra biológica o química, de la cual se conocen ejemplos desde la antigüedad. Los desarrollos subsecuentes de dicha ley (1) se pueden ver en la Declaración de Bruselas de 1874, que declaró ilegal, entre otros, el uso de venenos o gases venenosos, y nuevamente en la Conferencia de Paz de La Haya de 1899, en donde se acordó «abstenerse del uso de proyectiles con el solo objeto de la difusión de gases asfixiantes o mortíferos». La Conferencia de 1899 también adoptó una convención que enunciaba en forma de tratado la prohibición de la Declaración de Bruselas del uso de venenos o de armas venenosas en guerras en tierra, una prohibición que fue posteriormente incluida en la IV Convención de La Haya de 1907, relativa a las leyes y costumbres bélicas en tierra. Luego del amplio uso de las armas químicas durante la Primera Guerra Mundial, como el cloro y el gas mostaza, la comunidad internacional acordó fortalecer la legislación existente sobre estas armas para prevenir su uso en el futuro. Esto condujo a que los Estados Miembro de la Liga de Naciones firmaran el Protocolo para la prohibición del uso en la guerra de gases asfixiantes, venenosos u otros gases y de métodos bacteriológicos de guerra (2) el 17 de junio de 1925, durante la Conferencia para la Supervisión del Comercio Internacional de Armas y Municiones y de Implementos para la Guerra. Este tratado, el cual se conoce usualmente como el Protocolo de Ginebra de 1925, entró en vigor el 8 de febrero de 1928 y Francia es su depositario. En este momento cuenta con 130 Estados signatarios, incluidos los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero no 64 Estados Miembro de la OMS1.

1 Véase el Anexo 7.


El Protocolo de Ginebra prohíbe "el uso en la guerra de gases asfixiantes, venenosos u otros gases y de todos los líquidos, materiales o artefactos análogos" y también "extiende esta prohibición al uso de métodos bacteriológicos de guerra". Actualmente se considera que las prohibiciones establecidas en el Protocolo han entrado a ser parte del derecho internacional y que, por tanto, obligan aun a los Estados que no son signatarios de él. Sin embargo, el Protocolo de Ginebra prohíbe únicamente el uso de tales armas, no su posesión. Más aún, puesto que muchos Estados signatarios se reservaron en ese momento el derecho de usar dichas armas en retaliación por un ataque con armas de ese tipo, el tratado era en efecto un acuerdo para no usarlas primero. Algunos de los Estados signatarios también se reservaron el derecho de usar dichas armas contra Estados que no formaran parte del protocolo. Por esta razón, se consideró necesaria una prohibición detallada de las armas por sí mismas.

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