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close this bookRespuesta de la Salud Pública a las Armas Biológicas y Químicas - Guía de la WHO - Segunda Edición (OPS; 2003; 302 paginas) [EN] [RU] View the PDF document
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View the document1. Introducción
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open this folder and view contentsAnexo 3: Agentes biológicos
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View the documentAnexo 7: Afiliación de los estados miembro de la OMS a los tratados internacionales sobre armas químicas y biológicas
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1. Introducción

Como categoría, recientemente las toxinas han adquirido mayor prominencia en la literatura sobre guerra biológica (1, 2), aunque no ha sido por un incremento en su potencial como armas, a pesar de incluir las substancias más tóxicas hoy conocidas. Sin embargo, es cierto que hoy es más fácil que antes producir algunas toxinas en cantidades.

"Toxina" es una palabra que no tiene un significado comúnmente aceptado en la literatura científica. Esto puede ser de poca importancia para las autoridades sanitarias de los Estados Miembro a no ser que se vean obligados a buscar ayuda internacional debido a un ataque o amenaza de guerra con toxinas. Entonces puede ser importante entender el tratamiento que reciben las toxinas en las Convenciones sobre Armas Biológicas y Químicas, puesto que, en diferentes grados, estos dos tratados internacionales son fuentes potenciales de asistencia o ayuda.

La Convención sobre Armas Biológicas y Toxinas de 1972 cubre "las toxinas cualquiera que sea su origen o método de producción". No define las toxinas, pero sus trabajos preparatorios (travaux préparatoires) indican que el significado otorgado las presenta como químicos tóxicos producidos por organismos vivos. Las acciones de los Estados Unidos son importantes en este sentido. El 14 de febrero de 1970, durante la negociación de la Convención, los Estados Unidos anunciaron que habían decidido renunciar a la preparación ofensiva para el uso de toxinas como método de guerra. Poco después, informaron al cuerpo negociador del tratado que las toxinas «son sustancias tóxicas producidas por organismos biológicos, que incluyen microbios, animales y plantas» (3) y desde entonces ha reiterado y aun expandido esa definición en la legislación nacional que regula la Convención, en la cual se afirma que: "El término 'toxina' quiere decir el material tóxico de plantas, animales, microorganismos, virus, hongos o sustancias infecciosas, o una molécula recombinante, cualquiera que sea su origen o método de producción, inclusive, (A) cualquier sustancia venenosa o producto biológico que pueda ser construida como resultado de biotecnología producida por un organismo vivo; o (B) cualquier isómero tóxico o producto biológico homólogo o derivado de tal sustancia" (4). La esencia de esta definición evidentemente encontró la aceptación de todos los otros Estados signatarios de la Convención, ya que la Declaración Final de la Conferencia de Revisión de la Segunda Convención sobre Armas Biológicas, que afirma que las "toxinas" (tanto proteicas como no proteicas) de naturaleza microbiana, animal o vegetal y sus análogos producidos sintéticamente, están cobijados por el tratado (5).

Puesto que las toxinas son de naturaleza tanto tóxica como química, también quedan automáticamente cobijados por la Convención sobre Armas Químicas de 1993, la cual establece que "tóxico químico" significa "cualquier producto químico que pueda causar muerte, incapacidad temporal o daño permanente a los seres humanos o a los animales a través de su acción química sobre los procesos vitales. Esto incluye todos esos productos químicos, sin importar su origen o su método de producción, o si son producidos en instalaciones, en municiones o en alguna otra parte".

Por tanto, aunque no hay consenso sobre el término entre los científicos, las leyes internacionales consideran una amplia gama de sustancias como "toxinas". En un extremo del espectro están las toxinas bacterianas, como la toxina botulínica y la enterotoxina estafilocócica, las cuales se han almacenado en el pasado con propósitos armamentistas. Son proteínas de alto peso molecular que en la actualidad se pueden producir en una escala significativa únicamente por métodos de microbiología industrial. En la mitad del espectro se encuentran los venenos de serpientes, los venenos de insectos, los alcaloides de plantas y una variedad de otras sustancias, algunas de las cuales ya son susceptibles a la síntesis química y otras, por ejemplo el curare, la batracotoxina y la ricina, se han usado como armas. En el otro extremo del espectro se encuentran moléculas pequeñas como el fluoroacetato de potasio (que se encuentra en la planta Dicephalatum cymosum), que son típicamente sintetizadas por procesos químicos cuando se necesitan aun cuando también son producidas por ciertos organismos vivos y, por consiguiente, caen dentro de la definición legal de "toxina". El cianuro de hidrógeno es otra de dichas toxinas. Se encuentra en cerca de 400 variedades de plantas, en ciertos animales y también es sintetizado por lo menos por una bacteria (Bacillus pyocyaneus).

En el sentir de la Convención sobre Armas Biológicas y Toxinas, «toxina» incluye sustancias a las cuales los científicos no les aplicarían normalmente este término. Por ejemplo, hay productos químicos que se presentan naturalmente en el cuerpo humano que tendrían efectos tóxicos si se suministraran en una cantidad suficientemente grande. Donde un científico puede ver un biorregulador, por decir algo, el tratado vería una sustancia tóxica producida por un organismo vivo, en otras palabras una toxina, lo cual no deja de tener su lógica. El veneno de las avispas, por ejemplo, es obviamente una toxina y, sin embargo, su principio activo es la histamina, que también es un biorregulador humano. Aunque la histamina no pueda convertirse por sí misma en un arma eficaz, no se puede decir lo mismo de otros biorreguladores.

En efecto, ahora que los procesos de producción a gran escala para péptidos y sustancias similares biológicamente activas están sufriendo un rápido desarrollo comercial, los biorreguladores y otras toxinas constituyen un rico campo de armas potenciales así como de medicamentos y, en particular, armas de intenso poder incapacitante. Es afortunado, por tanto, que este avance en biotecnología haya coincidido con la adopción de la Convención sobre Armas Químicas, puesto que coloca a los Estados signatarios bajo la obligación expresa de garantizar que los biorreguladores y otras toxinas, al igual que otros químicos tóxicos, se usen solamente para los propósitos que la Convención no prohíba.

Algunas de las toxinas que se han utilizado como armas en el pasado se describen a continuación. Otras, como el cianuro de hidrógeno y su derivado, el cloruro cianógeno, se cubren en el anexo sobre agentes químicos (Anexo 1), ya que es una toxina cuyo uso como agente para el control de disturbios se está ampliando, en especial Oleoresin capsicum, también conocido como el agente OC.

De estos productos químicos, a menudo complejos, el primer biorregulador que en la década de 1960 se consideró como arma fue el endecapéptido, conocido como la sustancia P (6), una taquicinina. Varios otros péptidos biorreguladores recientemente han atraído una atención similar (7 - 11), pero no se discutirán aquí.

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