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close this bookRespuesta de la Salud Pública a las Armas Biológicas y Químicas - Guía de la WHO - Segunda Edición (OPS; 2003; 302 paginas) [EN] [RU] View the PDF document
View the documentPrefacio a la edición en español
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View the documentAnexo 7: Afiliación de los estados miembro de la OMS a los tratados internacionales sobre armas químicas y biológicas
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2.1 Antecedentes

Los microorganismos venenosos y patógenos se encuentran entre los peligros naturales para la salud con los cuales los seres humanos están obligados a coexistir. Difíciles de percibir y, por tanto, de evitar, presentan una amenaza que es insidiosa y perjudicial o mortal. Los seres humanos han sobrevivido por adaptación, parcialmente fisiológica, como es el caso del desarrollo, en el curso de la evolución de los vertebrados, del sistema inmune, y parcialmente social, con el desarrollo de prácticas sanitarias individuales y públicas diseñadas para limitar la exposición a los peligros o para aliviar las enfermedades que causan.

Históricamente, los códigos de comportamiento profesional adoptados por los militares, que prohíben el uso de venenos y, por consiguiente, de la enfermedad, se pueden considerar como parte de la misma adaptación social. Desde las Leyes Manu de India hasta, por ejemplo, el código mahometano de guerra basado en el Corán, el Código Lieber de 1863 en los Estados Unidos y el Protocolo de Ginebra de 1925 (1), este tabú parece tan ampliamente distribuido, antiguo y específico que requiere ciertas explicaciones (2).

Las leyes internacionales relacionadas con la guerra biológica y química se analizan en el Capítulo 5, el cual describe cómo los tratados multilaterales de 1972 y 1993 sobre la prohibición total de las armas biológicas y químicas han profundizado dichas leyes. La preocupación subyacente a esa profundización respondía al hecho de que la proliferación y diseminación de las nuevas y poderosas armas era inminente en el marco de un sistema global de seguridad poco capaz de contener la desestabilización que podían generar. Las Naciones Unidas, casi desde su inicio, han hecho la distinción entre armas convencionales y armas de destrucción masiva. Las últimas se definen en términos de sus principios de operación y su poder de destrucción1, pero la principal preocupación estaba en sus consecuencias, a saber, su potencial para causar devastación, muerte y enfermedad a las sociedades humanas en una escala incompatible con su supervivencia. En otras palabras, la tecnología de las nuevas armas podría estar generando amenazas a la humanidad que exigían mejores formas de protección, o sea, un fortalecimiento de la adaptación social ante nuevos peligros. En enero de 1992, en su sesión de clausura el Consejo de Seguridad estableció que la "proliferación de todas las armas de destrucción masiva constituye una amenaza para la paz y la seguridad internacional". Más aún, los 15 Estados Miembro del Consejo también se comprometieron a "trabajar para prevenir la diseminación de la tecnología relacionada con la investigación o producción de tales armas y a emprender las acciones apropiadas para tal fin" (4).

1 En septiembre de 1947, se definieron las armas de destrucción masiva en un documento del Consejo de Seguridad como «armas explosivas atómicas, armas de material radioactivo, armas letales químicas y biológicas y cualquier arma desarrollada en el futuro que tenga características comparables en efecto destructor a aquéllas de la bomba atómica o alguna otra de las antes mencionadas» (3). Estas palabras, propuestas por los Estados Unidos, las utilizaron posteriormente las Naciones Unidas para diferenciar las dos grandes categorías de armas con el fin de guiar su trabajo sobre el «sistema para la regulación de los armamentos» requerido bajo el Artículo 26 de la Carta de las Naciones Unidas. Nótese, sin embargo, que, como se describe en el Capítulo 5, la CAB y la CAQ no se limitan a las armas de destrucción masiva.


A lo largo de todo el mundo, la infraestructura de salud pública se emplea a fondo para enfrentar los peligros naturales para la salud. En 1998, una cuarta parte de los 53,9 millones de muertes en todo el mundo se produjo a causa de enfermedades infecciosas que, en los países en vías de desarrollo, eran responsables de una de cada dos muertes (5). Esto representa una gran amenaza para el desarrollo económico y el alivio de la pobreza. En un contexto tal, la amenaza adicional que representa para la salud pública de un país una enfermedad causada por armas biológicas o químicas constituiría sólo una ligera carga adicional a la ya existente. Sin embargo, una emergencia de este tipo también podría ser de tal magnitud que excediera la capacidad del sistema de salud para enfrentarla. En el caso de liberaciones intencionales (o amenazas de liberación) de agentes biológicos y químicos, se puede visualizar un espectro de amenaza que oscila entre esos dos extremos: uno de relativa insignificancia y otro de destrucción masiva. El lugar donde se localiza a lo largo de este espectro una amenaza biológica o química en particular estará determinado por las características del agente y la forma de utilizarlo, así como por la vulnerabilidad de la población amenazada, teniendo en cuenta factores tales como su estado de salud y grado de preparación. La posibilidad de una pandemia resultante de la liberación intencional o inadvertida de agentes infecciosos causantes de enfermedades contagiosas como la viruela, para las cuales pueden no estar disponibles medidas de higiene, profilaxis o terapia, es particularmente amenazante. En el evento de destrucción masiva, los remedios o medidas para afrontarla pueden estar más allá de los recursos de muchos países y, por consiguiente, disponibles, si acaso, únicamente a través de la cooperación internacional.

Existe alguna experiencia histórica sobre la posibilidad de tales catástrofes. Las fuerzas militares han utilizado armas biológicas o químicas sólo en contadas ocasiones. Más comunes han sido las acusaciones infundadas sobre su uso, lo cual refleja la dificultad de comprobar su efectiva utilización debido a la ausencia de información confiable que verifique tales episodios, o a la reacción emocional ante cualquier cosa relacionada con gases venenosos o armas biológicas, que tanto se presta para la calumnia y la desinformación. Es posible que la utilización esporádica de armas biológicas y químicas se haya dado, por lo menos, tanto como su proscripción. El veneno no es una novedad como arma de muerte y la contaminación deliberada, por ejemplo, de las reservas de agua es un expediente que las fuerzas en retirada a menudo deben haber encontrado atractivo. Sin embargo, sólo en tiempos recientes, debido a los avances de la tecnología, las armas biológicas y químicas se han desplazado del extremo de riesgo insignificante del espectro hacia el de la destrucción masiva.

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