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close this bookRespuesta de la Salud Pública a las Armas Biológicas y Químicas - Guía de la WHO - Segunda Edición (OPS; 2003; 302 paginas) [EN] [RU] View the PDF document
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View the documentAnexo 7: Afiliación de los estados miembro de la OMS a los tratados internacionales sobre armas químicas y biológicas
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2.2 Avances tecnológicos

El evento que marcó con mayor claridad el surgimiento de esta forma de confrontación bélica sucedió en Ypres, Bélgica, el 22 de abril de 1915, ocho meses después de iniciarse la Primera Guerra Mundial. De los países combatientes, sólo Alemania poseía la capacidad industrial necesaria para la licuefacción en gran escala de cloro gaseoso y a medida que avanzaba la guerra recurrió a esta ventaja comparativa como forma de sortear la guerra de trincheras que estaba inmovilizando sus ejércitos en el campo de batalla y la escasez de explosivos ocasionada por el bloqueo naval enemigo. Se prefirió resolver estas necesidades militares y darle primacía a la doctrina legal alemana de Kriegsraison, desde entonces rechazada, contraponiéndola a la anterior prohibición del uso de sustancias venenosas en la guerra que se había reafirmado en La Haya menos de una década antes. Al atardecer de aquel 22 de abril, se liberaron al ambiente 180 toneladas de cloro líquido contenido en 5.730 cilindros a presión para que el viento transportara la nube resultante de vapor asfixiante hacia las líneas enemigas. Los registros disponibles son escasos, pero se dice que cerca de 15.000 soldados franceses, argelinos y canadienses fueron víctimas de este furioso ataque y que una tercera parte de ellos falleció. Las cifras reales pueden ser otras pero, cualesquiera que hayan sido, ésta fue la primera experiencia con un arma de destrucción masiva en la historia.

La emisión contaminó el aire, así que no era del todo imposible disponer de protección en forma de filtros de aire. Sin embargo, los primeros filtros contenían productos químicos que reaccionaban con el gas venenoso y fueron, por tanto, fácilmente inutilizados puesto que los agresores recurrieron a venenos de otra composición química, fundamentalmente fosgeno, o a dosis exageradas de aerosoles para consumir el reactivo contenido en el filtro. Se introdujeron, entonces, filtros mejorados, en los cuales el contaminante era adsorbido físicamente, como en los de carbón activado y los de papel que retenían partículas de los respiradores, o las "máscaras para gases", que hoy en día continúan siendo la principal y más confiable medida en contra de los vapores o aerosoles. Hacia 1917, la creciente eficacia de las máscaras para gases había estimulado el desarrollo de productos químicos que pudieran atacar la piel o atravesarla; el ejemplo más notable fue un líquido oleoso conocido como el "gas mostaza". Es más difícil proteger eficazmente la piel que los pulmones de personas en movimiento, pero para que sea eficaz, el ataque a la piel comúnmente requiere cantidades mucho mayores del agente que el ataque por inhalación, de tal manera que las armas son eficaces sobre un área sustancialmente más pequeña. El gas mostaza utilizado en clima cálido es una excepción a esta regla general, ya que aun sus vapores atacan la piel. Ésta es una de las varias razones por las cuales este agente químico en particular sigue constituyendo una amenaza hoy en día.

Otro adelanto en este sentido fue la utilización de métodos especiales para diseminar el agente seleccionado, capaz de sorprender a las poblaciones blanco antes de que se pudieran colocar las máscaras, resultado que se podía lograr disparando grandes concentraciones del agente mediante artillería pesada o, posteriormente, por bombardeo aéreo. Otra alternativa era el uso de dosis imperceptibles pero letales en aerosoles que, con el agente apropiado, podían propagarse a través de sistemas de rociado con el viento a favor o con generadores de aerosoles. Pero aun en tales casos se podía disponer de medidas de protección, algunas más eficaces que otras, pero, tomadas en conjunto, capaces hoy en día de anular el poder de destrucción masiva de las armas, por lo menos cuando se utilizan contra fuerzas militares. Una protección comparable en poblaciones civiles más grandes y menos disciplinadas sería mucho más difícil, pero no necesariamente imposible. Las medidas de protección pueden ser de los siguientes tipos: (i) médico (terapia y, para algunos agentes, profilaxis); (ii) técnico (respiradores que se puedan usar por muchas horas y equipos automáticos para la detección de agentes capaces de alertar prontamente sobre la necesidad de utilizar la máscara o de entrar a un refugio con aire acondicionado), y (iii) organizacional (sistemas de inteligencia especialmente desarrollados, procedimientos estándar de operación y entrenamiento). Más recientemente, se han incluido nuevos instrumentos en las leyes internacionales, especialmente en la CAB, la CAQ y el Estatuto de la Corte Criminal Internacional.

Por supuesto, persisten algunas vulnerabilidades, especialmente en países en donde la base económica y tecnológica no es capaz de brindar ni siquiera protección rudimentaria. Ésta es la razón por la cual, después de la Primera Guerra Mundial, la reaparición de armas químicas invariablemente ha sucedido en las regiones menos industrializadas del mundo, por ejemplo, Marruecos (1923 - 1926), Trípoli (1930), Sinkiang (1934), Abisinia (1935 - 1940), Manchuria (1937 - 1942), Vietnam (1961 - 1975), Yemen (1963 - 1967) e Irán/Irak (1982 - 1988) (6). En otros conflictos, especialmente en la Segunda Guerra Mundial, el amplio despliegue de protección antiquímica redujo el relativo atractivo de las armas químicas a favor de aquéllas para las cuales la protección era menos efectiva. Así, en esa confrontación no hubo un significativo uso estratégico ni operativo de armas químicas.

La vulnerabilidad no está ausente ni siquiera en situaciones en las cuales las mejores medidas de protección se encuentran disponibles. La lucha por la supremacía entre la ofensiva y la defensa, que caracterizó el desarrollo de la guerra química durante la Primera Guerra Mundial, continuó después de ella y la búsqueda de agentes novedosos fue una de las formas en que se expresó. Es así que se buscaron agentes capaces de inducir nuevos tipos de efectos fisiológicos con los cuales se pudiera obtener alguna ventaja militar, por ejemplo, agentes de baja letalidad que produjeran víctimas, los cuales prometían reducir los costos políticos de recurrir a las fuerzas armadas, o agentes que causaran efectos percutáneos más rápidos en las víctimas, de tal manera que las armas químicas se pudieran usar para minar el terreno y cerrarle el paso al personal sin protección. Por encima de todo, hubo una búsqueda de agentes con mayor potencia que permitieran el uso de sistemas de envío de armas más económicos y eficientes. Los productos químicos tóxicos que tienen dosis eficaces mensurables en decenas de miligramos por persona, por ejemplo el fosgeno y el cianuro de hidrógeno, fueron reemplazados en las décadas de 1940 y 1950 por inhibidores organofosforados de la acetilcolinesterasa («gases nerviosos»), que eran activos en cantidades de miligramos o menores, de forma que se necesitara mucho menos munición para atacar un blanco dado, confiriendo, por consiguiente, una ventaja logística. Los gases nerviosos más importantes y otros agentes nuevos de la guerra química se reseñan en el Capítulo 3 y se describen en el Anexo 1.

En la escala de toxicidad, más allá de los gases nerviosos están ciertas toxinas, como las descritas en el Anexo 2, y en el rango de dosis eficaces de nanogramo y más pequeñas se encuentran las bacterias patógenas y los virus. A medida que el conocimiento de la microbiología y la diseminación por el aire de enfermedades infecciosas aumentaron rápidamente durante las décadas de 1920 y 1930, también se afianzó la idea de convertir en armas a los patógenos microbianos como una forma más poderosa de gas venenoso. Por la época de la Segunda Guerra Mundial, las armas biológicas de este tipo se estaban estudiando como un desarrollo natural de las armas químicas, aprovechando las mismas técnicas de diseminación y el mismo conocimiento de la física de las nubes, la meteorología y la dispersión aérea. Antes de que finalizara la segunda gran guerra, la factibilidad de la guerra aerobiológica se había probado en campos de ensayo de armamentos en Europa y Norteamérica, por lo menos. También hubo reportes sobre experimentos de campo en los cuales fuerzas invasoras habrían diseminado patógenos bacterianos desde aeronaves sobre áreas pobladas de China (7 - 8).

Pero otros aspectos de la guerra biológica también se estudiaban. La vulnerabilidad de los animales de tiro a la infección deliberada con enfermedades como el carbunco o el muermo fue explotada por los saboteadores durante la Primera Guerra Mundial en ataques encubiertos a los sistemas de transporte relacionados con la guerra. Durante los años de entre guerra, a medida que la vulnerabilidad de las infraestructuras municipales a las incursiones aéreas se hacía cada vez más evidente, la idea de la diseminación de enfermedades contagiosas por medio del bombardeo de las instalaciones de salud pública (como las plantas de tratamiento del agua y el alcantarillado) atrajo mucha atención. Esto, a su vez, originó investigaciones sobre otras formas de iniciar deliberadamente la diseminación de enfermedades infecciosas. Una de las propuestas contemplaba crear focos de una enfermedad contagiosa que, luego, se diseminaría por sí misma a otras partes de la población objetivo que no estaban expuestas inicialmente al agente biológico en cuestión. Debido a las incertidumbres asociadas con la diseminación de la enfermedad, tal aproximación no se podía acomodar muy fácilmente a las doctrinas militares excepto en el contexto de ciertos tipos de operación clandestina o estratégica. En su selección de agentes biológicos que pudieran servir como armas o contra los cuales había que tomar precauciones, las directivas militares tenían la tendencia, por tanto, a dar mayor énfasis a enfermedades no contagiosas que a las contagiosas. En el contexto del terrorismo, sin embargo, el objetivo y la selección del agente pueden ser diferentes.

Durante la primera mitad de la Guerra Fría, los dos bandos de la confrontación de superpoderes acumularon arsenales de armas biológicas basados en éstas y otras aproximaciones, así como gases nerviosos y otras armas químicas. Después de 1970, los preparativos para producir armas biológicas parecen haber continuado únicamente en uno de los bandos. Los principales agentes biológicos que con razonable certeza se sabe habían entrado en el proceso de ser convertidos en armas durante la Guerra Fría se identifican en el Capítulo 3 y se describen en el Anexo 3. Las armas biológicas desarrolladas van desde instrumentos para uso clandestino por fuerzas especiales hasta aquéllas diseñadas para grandes misiles guiados o bombarderos pesados capaces de generar inmensas nubes de aerosol plagadas con agentes vivos causantes de enfermedades contagiosas con el fin de impactar en blancos distantes de la retaguardia, o de enfermedades no contagiosas para blancos más cercanos. Entre éstas se encontraban armas biológicas que podían, en principio, producir bajas masivas mucho mayores que las de las armas químicas emuladas por sus progenitoras.

Parecía, entonces, que estaban emergiendo armas capaces de producir efectos comparables con el potencial destructor de las armas nucleares. Las pruebas realizadas en el mar entre 1964 y 1968, en ensayos a gran escala con armas aéreas capaces de expeler un chorro de aerosoles patógenos de una longitud de decenas de kilómetros, demostraron la capacidad de infectar animales de experimentación en tierra a lo largo de decenas de kilómetros en la dirección del viento. Se hacía posible, así, que con el vuelo de una sola aeronave, los habitantes en una zona de miles o decenas de miles de kilómetros cuadrados quedaran expuestos a la amenaza de sufrir una enfermedad. Al mismo tiempo, algunos asesores científicos militares ya anticipaban una nueva generación de armas químicas con un impacto comparable (9).

A pesar del amplio rango de estas armas, la historia demostraba que la guerra biológica y la guerra química, aunque ésta en menor medida, seguían siendo empresas perversas que raramente se daban, a pesar de la parafernalia desplegada durante la Guerra Fría.

Las armas diseñadas para grandes áreas, que aprovechaban el daño potencial de los agentes químicos o biológicos, dieron origen a nuevas categorías de objetivos, como las cosechas y el ganado. Para la época de la Segunda Guerra Mundial, se habían descubierto productos químicos que eran tan tóxicos para las plantas como lo eran los gases nerviosos para las personas. Estos herbicidas, especialmente los derivados de los ácidos 2,4-dicloro- y 2,4,5-triclorofenoxiacético en preparaciones como el trioxono y el Agente Naranja, se utilizaron como armas en varias áreas de conflicto de África y el sureste de Asia durante el periodo de 1950 a 1975, algunas veces dirigidos contra cosechas y otras contra la vegetación de los bosques que pudieran servir de escondite. Ciertos patógenos de plantas y animales también fueron convertidos en armas. De hecho, algunas de las primeras armas antipersonales biológicas y de toxinas para áreas extensas se basaron en sistemas de diseminación originalmente concebidos para atacar la agricultura.

Puesto que el posible impacto en la salud pública de los agentes biológicos contra animales y plantas es indirecto, tales agentes y sus contrapartes químicas no se describen en detalle, pero no se debe subestimar el peligro que representan, particularmente los agentes biológicos, para la seguridad de los alimentos.

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